Por Esteban Jaramillo Osorio

El gol en su máxima expresión. En ocho actos maravillosos, puestos en escena con metódica perfección.

Bayern, que pareció jugar con 12, sin que el árbitro se notara como ocurre cuando juegan otros clubes de su estirpe, fue voraz, demoledor, humillante, para masacrar a su enemigo, el Barcelona ensombrecido, con su estrella acorralada y reducida.

Este, abandonado y a la deriva, llevo a mínimos su talento ante la avalancha destructiva de su rival y la impotencia de los suyos, que, desde batallas anteriores, deambulaban sin ideas, por la ausencia de un verdadero comandante en jefe.

Aplastados los sueños de grandeza de los españoles, aun convencidos de que tienen el mejor fútbol del mundo. ¡Vaya disparate!

Al Barcelona no solo le robaron la billetera, sino que le saquearon su casa.

Bella fiesta del fútbol, en su máxima expresión, sin cabos sueltos, para el deleite de quienes aman la intensidad, el rítmico sostenido asociado con la pelota, construido desde la mente, con terminados de lujo, solidario en defensa y en ataque, sin dependencias de una figura y sus caprichos.

Recordé a Brasil 2014, en Mineirao, cuando Alemania aplasto los sueños de sus hinchas con mazazos fulminantes como los del Maracanazo; y el nueve cero en Londrina, cuando Colombia pensó que clasificaba a los olímpicos en el vestuario, sin disparar una bala y sin ver rodar la pelota.

Bayern desde ya es favorito, pero no olvidemos que nunca se gana antes del pitazo de cierre.

EJO

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