Hersey mostró por primera vez al mundo los impactos de la bomba en los cuerpos de las personas; cuando las heridas todavía sangraban y las imágenes de edificios en ruinas eran las únicas que daban la vuelta al mundo

 

Casi un año después de que Estados Unidos lanzara una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, el periodista John Hersey escribió uno de los reportajes fundamentales del siglo XX, transformando al gran “hongo atómico” en un relato sobre cómo seis personas sobrevivieron a la masacre.

Hiroshima

Hersey mostró por primera vez al mundo los impactos de la bomba en los cuerpos de las personas; cuando las heridas todavía sangraban y las imágenes de edificios en ruinas eran las únicas que daban la vuelta al mundo, este periodista cambió el punto de vista de la historia con un texto de 150 páginas titulado Hiroshima.

“Hersey puso frente a nosotros un espejo que nos permitió conocer nuestras llagas en las llagas de las personas sobre las cuales estaba escribiendo (…) Todavía hoy el libro genera emociones, porque va mucho más allá del hecho narrado: es un libro sobre la condición humana”, dijo a Sputnik el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Hersey (1914-1993), un escritor y periodista nacido en China, que se trasladó a Nueva York a los 10 años, ganador del premio Pulitzer en 1945 por su novela A bell for Adano, y corresponsal de guerra para las revistas Time y Life, fue el elegido por la revista The New Yorker para darle voz a los supervivientes.

Hiroshima es un reportaje definitivo en el que se juntan el olfato de un reportero diligente con la pluma de un narrador formidable”, opina el multipremiado periodista colombiano, autor de libros como El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005) y la recopilación de crónicas La eterna parranda (2011), entre muchos otros.

Descubriendo el horror

En las dos semanas que pasó en Hiroshima, Hersey entrevistó a unos 50 supervivientes, de los que terminó eligiendo a seis: un cura, la empleada de una fábrica, una modista, un pastor metodista y dos médicos.

A partir de sus testimonios narró la ferocidad de la bomba desde el momento exacto en que cayó sobre la ciudad, a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto, hasta las semanas y meses siguientes.

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“La bomba atómica mató a 100.000 personas y estas seis estuvieron entre los supervivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada”, escribió Hersey.

Dolor y estupor

El periodista transmite la impavidez y el desconcierto de personas que ignoraban lo que les acababa de ocurrir.

Con una prosa austera y precisa marca un punto de inflexión en el periodismo, manteniéndose en un silencioso segundo plano y dejando transcurrir la historia a través de los ojos de sus personajes.

Hiroshima hace un viaje estremecedor desde la ignorancia al descubrimiento del horror desde el lugar de las víctimas”, dice a Sputnik la periodista argentina Leila Guerriero.

Para la autora de libros como Una historia sencilla (2013) y Los suicidas del fin del mundo (2005), entre otros, el punto clave es la construcción del texto, un esqueleto al que el periodista le da músculo a través del estupor y el dolor de personas que apenas si eran conscientes de lo que estaban viviendo.

Quizás, el gran logro de Hersey fue incorporar recursos típicos de la ficción para narrar una historia descarnadamente real, pero cargada de la acción y la tensión propias de una novela.

“Mi elección fue estar deliberadamente callado en el texto, porque pensaba que si el horror podía ser presentado tan directamente como fuera posible, iba a permitir que el lector se identificara con los personajes de manera directa”, explicó Hersey en una entrevista concedida en 1988 a la célebre revista The Paris Review.

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En la misma línea, Salcedo Ramos destaca que Hersey “todo el tiempo desliza en sus páginas detalles que parecerían pequeños pero en realidad son asombrosos y permiten sentir mejor la dimensión de la tragedia”.

La bomba mató a más de 160.000 personas, la mayoría civiles, e hirió a otras varias decenas de miles, en una ciudad que entonces tenía unos 255.000 habitantes.

Edición maratónica

Hersey pasó casi dos meses en Hiroshima, volvió a Nueva York, tipeó 30.000 palabras, y seis semanas después entregó el artículo a su editor en The New Yorker, William Shawn.

Cuando el manuscrito llegó a la redacción, Shawn, y el redactor jefe de la revista, Harold Ross, se pasaron 10 días trabajando jornadas de 20 horas en la edición del texto, según cuenta el periodista estadounidense Marc Weingarten en su libro La banda que escribía torcido. Una historia del nuevo periodismo (2018).

Los editores estuvieron encerrados en una oficina trabajando sin parar y sin que nadie fuera de ese cuarto supiera qué estaba sucediendo.

Según relata Weingarten, Shawn y Ross hicieron más de 200 cambios al artículo original para dotar al texto de la fuerza del relato en tiempo real, para que el lector se fuera enterando a la vez que los personajes de las secuelas del desastre.

El trabajo vio la luz el 31 de agosto de 1946 y se transformó en un hito para el periodismo: toda una revista dedicada a un solo artículo de un solo autor.

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Quienes ese día abrieron la revista se encontraron con este mensaje: “A nuestros lectores. Esta semana, The New Yorker dedica todo su espacio editorial a un artículo sobre la casi completa aniquilación de una ciudad por una bomba atómica, y sobre qué le pasó a la gente de esa ciudad. Lo hacemos convencidos de que somos pocos en EEUU los que hemos entendido el casi increíble poder de destrucción de esta arma, y de que todos deberían tomarse un tiempo para considerar las terribles implicaciones de su uso. Los editores”.

The New Yorker nunca había hecho algo igual y nunca más lo volvería a hacer.

Los 300.000 ejemplares de la revista se agotaron; el artículo se publicó en infinidad de medios, fue leído entero en radios y fue publicado en formato de libro, vendiendo varios millones de ejemplares y traducido a varios idiomas, sin nunca dejar de reeditarse.

“Lo que hizo Hersey fue una maniobra estupenda que es lo que define a un buen cronista: fue y contó como si contaran eso por primera vez, como si él estuviera dando la noticia de que había caído una bomba en la ciudad de Hiroshima”, dice Guerriero, integrante del consejo rector de la Fundación Gabo.

Fuente: Sputnik

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