Por: Esteban Jaramillo Osorio

Barranquilla goza. Es su costumbre: Ocho títulos en diez años, cinco con Julio Comesaña como técnico. Una especie de “renacido” qué, cuando se le complica la vida, encuentra la solución adecuada, sin liberarse de sufrimientos.

A punto estuvo de ser borrado por caprichos oficiales en la pandemia, cuando cercaron a los abuelos, por peligro de extinción. Y, el martes, en el primer partido, tras su salida en falso con su equipo sin variantes, acusado por ineptitud.

Ganó Junior porque tuvo lo que le faltó al América: Convicciones, actitud y jerarquía que equivale a ganar desde la mente.

Futbol, en la final, para los historiadores. Con América a la deriva, desordenado, sin planes de juego ambiciosos, por la inexperiencia de su entrenador. Sin las figuras Rangel y Pisano, que le dieron brillo en la última conquista, despedidos por caprichos. Dependiente de Vergara que esta vez deambuló perdido, con la mente en otras partes, y Adrián Ramos, doctorado como el goleador invisible.

Célebres han sido las atajadas de Viera, en los campases agónicos de los partidos, para los títulos conseguidos por Junior. Está en la historia…Es leyenda. Y conocidos, los goles de Carmelo, con su marca registrada.

En la final de la Superliga, poco juego, pulso físico, con desequilibrios individuales y picos intensos. Torneo sin sabor por las carencias técnicas, evidentes por las insuficientes dinámicas colectivas de entrenamiento

Lo tenía todo América, pero marchó con los bolsillos vacíos. Que flojas sensaciones de cara a la copa. Pocas perspectivas las de Junior, antes del cierre, y hoy celebra. Así es el futbol, que deja feliz a un pueblo, en su regreso, así se disfrute a control remoto.

EJO

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