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Por: Mauricio Galindo Santofimio

La situación de nuestra niñez sigue siendo, infortunadamente, bastante complicada en muchos lugares del país. Se escuchan casos de abandono, de violación de sus derechos, de maltratos, de abusos y hasta de homicidios. El futuro con gran parte de nuestros niños no pinta bien si continuamos siendo indolentes e indiferentes ante los graves sucesos que vemos diariamente.

Pero el asunto es que mientras las cosas mejoran, quienes tienen la dicha de tener a sus hijos a su lado, deben agradecer por ello y consolidar con los pequeños una relación de cariño, respeto y armonía, porque también, por desgracia, hemos visto que, algunas veces, los pequeños se convierten en una carga y los adultos en una pesadilla para ellos.

Abril es el mes de los niños. Ojalá las celebraciones que se vienen no sean solo para llenar de regalos a los infantes sino para reflexionar con ellos, y por ellos, sobre la vida que están teniendo, y la que están llevando sus padres o cuidadores.

Resulta incomprensible que muchas personas quieran ver a sus hijos como grandes seres humanos, como individuos ejemplares y llenos de felicidad, pero que en estos momentos, ellas no obren en consecuencia con sus niños. No se pueden pedir peras al olmo, y sabido es que si no damos buenos ejemplos de vida, muy difícilmente podremos tener óptimos resultados.

No se trata de reprimendas ni de regaños. Se trata de ser conscientes de que los niños y los adolescentes son personas y que, como tal, requieren atención, cuidados, y, ante todo y sobre todo, cariño.

Tampoco se trata de que se entre en la moda de que padres y adultos sean los mejores amigos. No, eso no es posible, un padre es un padre; y un hijo es un hijo, los amigos son para otras cosas. Los niños necesitan verdaderas figuras paternales para poder vivir una vida adulta sin traumas y sin inseguridades.

Por eso es clave que se tenga esa figura de autoridad, que se identifique, sin que ella genere miedos, temores o angustias. Y es clave que los pequeños también entiendan que los errores deben ser corregidos, de buena forma, con afecto y con comprensión, por supuesto.

Porque ahora estamos viendo, además, las llamadas “generaciones de cristal”, que según un reciente artículo del diario El Clarín, de Argentina, se caracterizan “por la fragilidad que implica estar en la vanguardia de la tecnología pero no saber cómo procesar esas grandes cantidades de información, y por la cualidad efímera que tienen sus vínculos y sus emociones”.

Entonces los retos son grandes. Si queremos tranquilidad y armonía en casa con los niños, lo primero, lo fundamental, lo imprescindible es el amor y la solidaridad, y entender que la mejor recompensa que podemos tener en la difícil tarea de educar es verlos autónomos, seguros e independientes en su adultez.

Pero que también hay límites que no se deben traspasar nunca. El más importante: el respeto sincero y recíproco.

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